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EL CUADERNO / LECTURA 01

Una tarde de juego sin pantallas, sin llenar la casa de actividades

Un plan flexible para una tarde compartida con materiales cotidianos, momentos de movimiento y espacio para el juego libre.

Tres casas geométricas junto a un árbol, una representación original del juego de construir.
No hace falta hacerlo todo. Basta con empezar por algo pequeño. · Ilustración original del cuaderno.

Una tarde sin pantallas no necesita parecerse a un programa de actividades. Puede empezar con una caja vacía, un rincón despejado y una persona adulta disponible para mirar, escuchar y participar. La propuesta de este cuaderno es sencilla: preparar poco, dejar tiempo para explorar y aceptar que el plan cambie. El objetivo no es producir una manualidad perfecta ni mantener cada minuto ocupado, sino compartir un rato que tenga sentido para quienes están en casa.

La secuencia que sigue es una propuesta editorial, no un calendario de desarrollo ni una intervención educativa. Adáptala a la edad, a los intereses y a las necesidades de cada niño. Un material cotidiano no es automáticamente seguro: revisa su tamaño, su estado y el uso que puede recibir. En actividades infantiles, una persona adulta debe decidir qué es adecuado y permanecer disponible.

Empieza por observar, no por organizar

Antes de sacar materiales, dedica un momento a comprobar cómo llega cada uno a la tarde. Hay días de correr y días de quedarse cerca de alguien. Quizá un niño acaba de volver de una jornada intensa y no quiere responder preguntas. Quizá otro lleva mucho tiempo sentado y necesita moverse. La misma propuesta puede funcionar de formas muy distintas según ese punto de partida.

Puedes ofrecer dos opciones concretas: construir algo con cajas o mirar un cuento. Evita presentar diez alternativas seguidas. Elegir entre dos posibilidades comprensibles permite empezar sin convertir la decisión en otra tarea. Si ninguna interesa, deja un margen de juego libre. La ausencia de entusiasmo no significa que hayas preparado mal la tarde: puede que todavía no sea el momento.

Prepara un espacio pequeño y reconocible

No hace falta transformar el salón. Una superficie despejada y una caja para guardar al terminar suelen ser un punto de partida suficiente. Retira objetos frágiles, cables accesibles y materiales que no quieras incorporar al juego. Si compartís el espacio con otras personas, acordad qué zona se puede usar y qué debe quedar libre.

Prepara solamente lo que vas a ofrecer primero. Sacar todo a la vez puede dificultar tanto la elección como la recogida. Un espacio limitado también ayuda a que la actividad tenga un principio y un final visibles. Cuando haya hermanos de distintas edades, revisa los materiales pensando en el más pequeño que pueda alcanzarlos, incluso si la propuesta estaba dirigida a otro.

Primera propuesta: una caja que cambia de oficio

Una caja grande, limpia y sin grapas puede ser una casa, una tienda, una cueva o un autobús. Deja que el nombre aparezca durante el juego. Puedes preguntar qué necesita ese lugar, quién entra o qué ocurre dentro, pero no hace falta convertir cada acción en una conversación dirigida. A veces el niño ya tiene una idea y solo necesita que alguien la siga.

Si la caja se convierte en una tienda, unos papeles grandes pueden representar productos. Si es un autobús, dos cojines pueden hacer de asientos. No es necesario fabricar dinero pequeño, cortar piezas diminutas ni añadir decoraciones complejas. La propuesta funciona porque el objeto admite distintas interpretaciones. Cuando deje de interesar, puede guardarse sin que eso convierta el rato en un fracaso.

Acompaña sin dar instrucciones a cada paso

Hay una diferencia entre estar presente y dirigir continuamente. Puedes describir lo que ves: «Has puesto la caja al lado del cojín». También puedes entrar en el juego aceptando un papel: «Yo espero aquí hasta que abra la tienda». Ambas opciones dejan espacio para que la otra persona decida qué ocurre después.

Reserva las instrucciones firmes para los límites necesarios: dónde no se puede subir, qué objetos no deben lanzarse o cuándo hay que parar por seguridad. Para el resto, prueba a esperar unos segundos antes de intervenir. No necesitas encontrar un aprendizaje explícito en cada gesto. Compartir una atención tranquila también puede ser una parte valiosa del rato, sin etiquetas ni resultados que demostrar.

Introduce movimiento sin montar un circuito complicado

Cuando haga falta cambiar de ritmo, podéis caminar como distintos personajes, llevar un objeto grande de un lugar a otro o seguir una línea imaginaria por el suelo. Mantén el recorrido despejado y evita propuestas de equilibrio en muebles o superficies elevadas. El juego debe adaptarse al espacio disponible, no al revés.

Una transición breve suele ser suficiente. Puedes decir: «La tienda cierra un momento y vamos a llevar el pedido». Así el cambio nace de la historia que ya estaba ocurriendo. Si alguien no quiere moverse de esa forma, puede elegir otro papel o mirar. El plan no necesita que todos hagan exactamente lo mismo para seguir siendo compartido.

Un cuento puede entrar a mitad de la tarde

No reserves la lectura únicamente para cuando todo esté recogido. Un libro puede aparecer como una nueva escena: buscar una casa parecida a la caja, mirar un personaje que viaja o descubrir una ilustración que dé otra idea. Elige un ejemplar que puedas dejar explorar con tranquilidad y cuya manipulación sea adecuada para quien lo usa.

Leer juntos tampoco exige terminarlo. Podéis mirar una página, inventar qué ha pasado antes o deteneros en una imagen. Si lees el texto, deja que las preguntas interrumpan cuando tengan sentido. En la guía de actividades cotidianas encontrarás otras formas de empezar con pocos materiales. La lectura puede convivir con ellas sin convertirse en una segunda sesión obligatoria.

Deja un hueco para no hacer nada previsto

Una pausa no es un problema que haya que resolver deprisa. Puede ser el momento de mirar por la ventana, comentar un ruido o sentarse cerca. Evita medir la tarde por el número de propuestas completadas. Dos actividades encadenadas con prisas pueden dejar menos espacio compartido que una sola historia que cambia varias veces.

Si aparece aburrimiento, puedes reconocerlo sin sacar inmediatamente otra caja. «Todavía no sabemos qué hacer después» es una respuesta posible. Después podéis elegir entre continuar, cambiar o terminar. La idea no es imponer el aburrimiento como ejercicio, sino permitir que no haya una solución instantánea para cada minuto. También tú puedes necesitar una pausa y decirlo de forma sencilla.

Ajusta el plan cuando hay edades diferentes

Compartir materiales no obliga a compartir objetivos. Una persona puede construir una historia mientras otra ordena las cajas por tamaño. Ofrece funciones que puedan convivir y evita que el mayor se convierta automáticamente en responsable del pequeño. La supervisión sigue correspondiendo al adulto.

Cuando un material resulte adecuado para uno y no para otro, separa los espacios o elige una alternativa común. No confíes en una explicación verbal para proteger a un niño pequeño de piezas que puede alcanzar. También conviene aceptar turnos breves de atención individual. Una tarde familiar no tiene que mantener a todos unidos alrededor de la misma actividad durante todo el tiempo.

Termina antes de que recoger sea una batalla

Anuncia el cierre con una señal comprensible: guardar primero los papeles y después la caja, elegir una última escena o dejar la construcción en un lugar acordado. Evita introducir una actividad nueva cuando ya habéis decidido terminar. Si algo puede continuar mañana, una fotografía privada o un dibujo puede ayudar a recordarlo, aunque no es necesario documentarlo todo.

Divide la recogida en acciones pequeñas. «Pon estos dos cojines aquí» ofrece una tarea más clara que «recoge todo». El adulto puede hacer su parte al mismo tiempo. En rutinas que dejan respirar desarrollamos cómo preparar estas transiciones. Recoger también forma parte de la actividad, pero no necesita convertirse en una prueba de obediencia.

Revisa lo ocurrido con una pregunta sencilla

Al final puedes preguntar qué repetiríais otro día. No hace falta solicitar una explicación larga ni buscar una respuesta correcta. Tal vez lo favorito haya sido un detalle que no aparecía en tu plan: el sonido de la caja, esconderse detrás o inventar un nombre. Esa información sirve para preparar menos y elegir mejor la próxima vez.

Anota, si te resulta útil, un material que funcionó y otro que complicó el rato. No hagas una evaluación del niño. El registro es sobre la propuesta y el contexto: espacio, tiempo, interrupciones y disponibilidad del adulto. Una actividad que hoy no encaja puede resultar interesante otro día, y una que gustó mucho puede no necesitar repetirse enseguida.

Una secuencia posible para empezar hoy

Prueba una preparación corta, un rato amplio de exploración y un cierre visible. Por ejemplo, despejar juntos el suelo, convertir una caja en un lugar inventado y guardar dos objetos elegidos. Estas duraciones no son una recomendación por edad: puedes distribuir el tiempo disponible con el planificador de juego y cambiarlo cuando lo necesitéis.

UNICEF presenta el juego como una parte importante del aprendizaje y de las relaciones con las personas cuidadoras en su recurso The Power of Play. Esa referencia apoya el enfoque general; las actividades y la secuencia de este artículo son propuestas originales del cuaderno. No necesitas reproducirlas exactamente. Quédate con lo que os permita estar juntos de una manera cómoda, segura y posible.

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